Crítica de Ven a volar conmigo: John Travolta debuta con una fábula para Apple TV

Ven a volar conmigo
Ven a volar conmigo

El debut en la dirección de John Travolta propone nostalgia e idealización infantil, pero es incapaz de convertirla en emoción compartida.

John Travolta acaba de entregar una historia que me cuesta abordar. No por complejidad ni por filias personales. Al contrario: es extremadamente sencilla. Ven a volar conmigo (Propeller One-Way Night Coach) parece existir únicamente por y para su director.

Es tan frágil que cuesta agarrarla sin romperla. Como un sueño contado al despertar, uno importante, pero del que no encuentras forma de contárselo a alguien sin que pierda la magia o el sentido. Y así le ha pasado al debut en la dirección de Travolta.

Su primera película es, de principio a fin, para él. Sus filias, sus sueños, sus pasiones. Nostalgia llevada al cine como ejercicio de autosatisfacción naif, extraidealizada y familiar, con la que rinde homenaje a una parte concreta de sí mismo: el niño y la idealización.

La película adapta una novela de 1997 también del propio Travolta, actúan su hija Ella Bleu Travolta y varios de sus hermanos, con su guión, su dirección, su producción y su propia voz en off como narrador. A falta de ser también tramoyista, es un guiso sólo para él.

La edad dorada de la aviación comercial

Ven a volar conmigo sigue a Jeff, un niño de ocho años obsesionado con los aviones, que viaja hasta Los Ángeles con su madre, una actriz superviviente, en busca de una oportunidad prometida.

La película está ambientada en esa edad dorada estadounidense de la aviación comercial que se representa con devoción religiosa; es un absoluto relicario de sueños de su infancia.

Para el viaje, Jeff y su madre viajarán en un vuelo nocturno de hélice repleto de escalas. La mayor aventura imaginable para la mente de un niño en la que te tendrás que sumergir para sentir algo de emoción narrativa.

Ven a volar conmigo
Ella Bleu Travolta y Clark Shotwell en Ven a volar conmigo

Es una premisa hermosa. Una experiencia completamente ordinaria para un adulto que un niño convierte en una epopeya íntima. La magia de descubrir la vida; eso es lo que Travolta intenta capturar y encerrar en los apenas 60 minutos que dura la película.

Sobre el papel, inapelable. Sentado en el sofá, como parte del catálogo Apple TV, se hace dolorosamente anodina. No es por el nicho —que, por supuesto, tiene mucha más base nacional estadounidense—, es por incapacidad para transmitir su entusiasmo.

Cuando recuerdo mi etapa en la universidad, siempre hablo de mi profesor de Guión Cinematográfico. A mí ya me apasionaba el cine. Me gustaban las historias y me gustaba escribir. Pero fueron él y su pasión enceguecedora quienes despertaron en mí —y en todos mis compañeros— un interés inesperado por la construcción narrativa.

No era predisposición: simplemente genio y pasión. Negar la segunda competiría entre osadía y estupidez; es la primera la que la hace incapaz de transmitir el cariño, la dulzura o la ilusión infantil que intenta proyectar y con la que debe transportarnos.

Lo que Travolta ha creado es una dulce fábula kitsch que sobrevive al amparo de Clark Shotwell, su protagonista. Ésta es la parte a reconocer: la de llevar a un niño a ese punto de interpretación nostálgico que nos recuerde a historias con las que Chris Columbus llenaba los salones familiares.

Pero es la fotografía de Paul de Lumen el aspecto más destacado del debut de Travolta. No por profundidad, sino por ser capaz de entender la idea casi de álbum familiar del director y ayudarla a expresarse.

Utilizando la luz como método para acercarnos al filtro retro y, a la vez, suavizar el mundo, mostrándolo en los ojos de un niño para el que no existe amenaza real y todo parece bañado por la calidez de una postal antigua.

Ven a volar conmigo
Ven a volar conmigo

Hay mucho detenimiento en detalles materiales como práctica fetichista que, apoyándose en el diseño de producción, ayudan de forma esencial para construir el tejido de la película.

La cámara de Travolta insiste en los pequeños planos y en mantenerse estática, como ese niño que observa sin querer despertarse. Sus movimientos son más contemplativos que narrativos. Quiere confiar en la imagen... pero abusa de la voz en off.

Su voz autoral tiene que quedar tan patente que la narración se vuelve excesiva. Subraya demasiado. Explica demasiado. Deja muy pocas oportunidades para que existan resortes creados por su audiencia y la experiencia se vuelve aburridamente dirigida.

El artefacto travoltiano

Ven a volar conmigo nos lleva a viajar por el interior sentimental de John Travolta. Entre moquetas vintage, vajillas de aerolínea, uniformes cautivadores y la voz del propio director explicando, con la emoción del niño que señala sus juguetes favoritos, por qué todo aquello es importante.

Para transmitir pasión se necesita algo más que insistencia y adoración nostálgica. Hace falta un complejísimo carisma que falta en la película; una mirada que, como Spielberg en Los Fabelman, sea capaz de situarse desde fuera.

Es un proyecto a la vez sencillo y excéntrico, un autorregalo para su legado que, decía al principio, me cuesta valorar. Porque no recomendaría la película y, a la vez, la puntuación siempre será injusta.

Porque como artefacto travoltiano es... fascinante. Es ciertamente honesta, tierna y revela a un Travolta profundamente sentimental, embelesado por los recuerdos y por una idea de elegancia estadounidense que ya no existe y que quizá nunca existió como él recuerda.

Valoración

Nota 55

Ven a volar conmigo propone una fábula kistch, tierna y profundamente personal que funciona más como reflejo íntimo de John Travolta que como película.

Lo mejor

La fotografía de Paul de Lumen y la mirada infantil de Clark Shotwell son el refugio emocional de una película muy frágil.

Lo peor

Travolta no consigue transmitir su pasión: una voz en off excesiva que convierte la intimidad en una experiencia dirigida y anodina.

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